Tomado de la web.

Un Lugar llamado Cielo - La Recompensa de la Salvación


Jesús nos dice: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Al creer en Jesús y recibirle, tenemos el derecho de convertirnos en hijos de Dios (Juan 1:12) con todas las bendiciones asociadas que incluye la eternidad en el cielo cuando finalice nuestra existencia terrenal.

Al momento de morir, usted retiene su personalidad y recibirá un nuevo cuerpo espiritual celestial que no se enfermará ni morirá (1 Corintios 15:39). A todos aquellos que son de Cristo se les promete el mismo cuerpo como el de él, un cuerpo celestial (1 Corintios 15:53), la clase de cuerpo que puede entrar en el reino de Dios y vivir eternamente (1 Corintios 15:51).

El cielo no es un lugar en la mente sino un sitio tangible. Pablo fue llevado al cielo y lo describió como un lugar donde no se le permitió hablar (2 Corintios 12:4). Apocalipsis 21-22 nos habla de un nuevo cielo y una nueva tierra y describe la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, descendiendo del cielo para Dios. La ciudad era cuadrada, dos mil doscientos kilómetros cada lado. La muralla estaba hecha de jaspe, y la ciudad era de oro puro, semejante a cristal pulido. Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban decorados con toda clase de piedras preciosas. Las doce puertas eran doce perlas, y cada puerta estaba hecha de una sola perla. No vi ningún templo en la ciudad, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero (Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:36)) son su templo. La ciudad no necesita ni sol ni luna que la alumbren, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Las naciones caminarán a la luz de la ciudad, y los reyes de la tierra le entregarán sus espléndidas riquezas. Nunca entrará en ella nada impuro, ni los idólatras ni los farsantes, sino sólo aquellos que tienen su nombre escrito en el libro de la vida, el libro del Cordero.

Un río de agua de vida, claro como el cristal, salía del trono de Dios y del Cordero, y corría por el centro de la calle principal de la ciudad. A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones. Ya no habrá maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad. Sus siervos lo adorarán; lo verán cara a cara, y llevarán su nombre en la frente. Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios los alumbrará. Y reinarán por los siglos de los siglos.

La nueva Jerusalén es un reflejo del nuevo cielo del cual desciende. Se describe como una novia preparada, hermosamente vestida para su prometido. ¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! El acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir.

Juan describe en esta visión a Aquél que está sentado en el trono diciendo: “¡Yo hago nuevas todas las cosas! … Ya todo está hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que salga vencedor heredará todo esto, y yo seré su Dios y él será mi hijo. Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican artes mágicas, los idólatras y todos los mentirosos recibirán como herencia el lago de fuego y azufre. Ésta es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:5-Cool.